Sujeto político es aquel individuo (hombre o mujer) que ejerce su derecho a la participación y se involucra, participa y compromete en procesos para incidir y ocupar posiciones de decisión en materia de intereses públicos. El sujeto político da el paso de una vida absolutamente privada e íntima, para posicionarse en el ámbito ciudadano, en las luchas por ideales y por construcción de nuevas realidades.
A su vez, el político sujeto es aquel individuo que metido en el ejercicio político, no responde a ideales de transformación, ni a visiones de Estado o país, ni busca responder a los verdaderos intereses comunitarios y sociales, porque su práctica política está sujeta a sus propios intereses, o a intereses sectarios. Está sujeto a las directrices y visiones de otros, y responde a ellos porque eso lo mantiene con vida (material y políticamente hablando).

Nuestra sociedad necesita que los grandes procesos e instituciones educativas ya no tengan miedo a la política y contribuyan a construir y desarrollar sujetos políticos. Esto se logra si desde muy pequeños, nuestros niños y niñas van aprendido a sentirse respetados, mediante la escucha de sus observaciones, comentarios o visiones de las cosas. Paulatinamente van siendo consultados y tomando parte de parte de estructuras de participación, y poco a poco van aprendiendo a tomar parte en determinadas decisiones que afectan sus entornos. El gobierno estudiantil, la participación en asociaciones que luchan por sus derechos, y proponen cambios, en el contexto de un ambiente participativo y respetuoso, son modos de ir formando sujetos políticos que puedan contribuir a hacer mejor nuestra sociedad.
Pero como eso no se hace, la política se convierte en el mejor de los negocios. Y se asume como tal, sin institucionalidad, sin visiones de largo plazo, sin intereses realmente nacionales u honestos. O sirve sólo para la satisfacción de necesidades psicológicas (como el ego). Y es allí donde el sujeto político se transforma en político sujeto. Sujeto a sus propias ambiciones y a esos intereses que no concuerdan con los intereses de las mayorías.

El próximo 25 de junio se celebra en Guatemala el Día del Maestro. En esa fecha murió en en 1944 una maestra llamada María Chinchilla.
Ahora, en pleno siglo XXI, vale la pena que pensemos y sintamos por qué celebrar un día así:
1. Porque a las y los maestros de Guatemala, y de cualquier país del mundo, vale la pena recordarlos y dignificarlos de muchas maneras. Un día especial como éste es para recordar, pero sobre todo, para insistir a la sociedad, de la importancia que tienen aquellos seres humanos que día a día hacen su trabajo con los niños, niñas y jóvenes estudiantes.
2. Porque las celebraciones comerciales no surgen muchas veces de intereses sociales o educativos. Recordar que ese día una maestra murió víctima de una dictadura, otorga una importancia ética al día, pero lo vuelve algo mucho más especial que un simple número de calendario.
3. SER MAESTRA, SER MAESTRO, es uno de las más lindas y orgullosas credenciales que podemos enseñar. Ser una maestro o un maestro que celebra la vida, que la fortalece, que la amplía y que la hace diversa, podrá ser, sin lugar a dudas, el festejo más connotado de este día.

Cuando presenciamos actos de niños o niñas pequeñas, en las que los abrazos o besos hacen acto de presencia, nos damos cuenta que el mundo no está perdido.
¡Y no es para menos! Vivimos en una casa universal caracterizada por la destrucción oficial o no oficial de la vida; por la desvalorización de todo aquello que no sea ganador, que no dé éxito, dinero o posición política. Es indudable que aquello que no crea mejores posiciones, que no otorga puestos de poder político, o que no nos hace más ricos, está a la baja. No se aprecia, no se entiende su importancia ni su necesidad. Dentro de esos importantes aspectos “a la baja”, se encuentran la ternura, los gestos cariñosos, los momentos sencillos.
Pero cuando vemos a un niño acariciar con dedicación, con suavidad, con preocupación (casi como que fuera un adulto al que las hormonas le hacen sentir eso), entonces la reflexión más importante es: ¡la ternura se aprende!
1. Se aprende al ver a la familia convivir con ternura.
2. Se aprende al acostumbrarse a la relación basada en el diálogo, no en el grito.
3. Se aprende cuando se siente que es importante acariciar y dejarse acariciar. Cuando eso es costumbre desde los primeros días de vida.
4. Se aprende cuando se supera el morbo de lo que vemos en la tele, cuando el contexto del niño o niña, asume con naturalidad, con tranquilidad y con diálogo esos gestos que aparecen en la pantalla.
5. Se aprende cuando no se tolera la agresividad física (pero tampoco se reprime con otra agresividad física).
6. Se aprende cuando todo gesto, por muy sencillo que sea, es valorado y entusiastamente apreciado.
La ternura se aprende, es lo que nos enseñan los niños y niñas que acarician con sus pequeñas manos, sus palabras con dicción aún defectuosa y su sonrisa ingenua y abierta.

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