Para algunos autores, la felicidad se basa en la siguiente fórmula: placer + significado. Somos felices en la medida que aprovechamos y usamos -en el mejor sentido de la palabra- todo aquello que nos genera placer físico, psicológico o espiritual (desde la familia, hasta las comidas, el sexo, el deporte, el arte, la naturaleza, etcétera). Pero si eso es lo único que buscamos, puede que no estemos frente a factores que nos pueden dar felicidad. Todo ese placer tiene que estar conectado, o complementario, a una vida que vivimos con significado. Es decir, se trata de que, además del placer, también nos esforcemos, trabajemos y luchemos, comprometidamente, por metas o pretensiones que van más allá de nuestra persona, que no se reducen a nuestras necesidades individuales, sino que tienen que ver con otros, o que tienen que ver con aspectos que consideramos van a hacer mejor la vida, la sociedad y el planeta. Vivir con significado representa vivir por algo, a favor de algo, buscando o apoyando algo.
Así, ambos elementos de la fórmula son fundamentales. Si vivimos sólo con placer, pero sin ser parte de esfuerzos a favor de lo bueno, terminamos en situaciones egoístas, de placer temporal, que con el paso del tiempo se acaba (por aburrimiento, por edad, por deterioro físico, por aislamiento). Pero si sólo vivimos para nuestras luchas, por muy válidas que sean, pero sin darnos gustos, sin gozarnos de las cosas que nos ofrece la vida, nos convertimos en activistas de nuestros sueños, pero amargados, pobres en placer, tristes, aislados, envejecidos.
No se trata sólo de encontrar un equilibrio, sino de vivir para ambos aspectos, y saber que vivimos gracias a ellos. Vivimos porque hay placer en lo que hacemos y porque aprendemos a darle sentido a nuestro paso por este mundo. Y vivimos para seguir gozando lo que podemos (con la responsabilidad de que el gozo siempre es gozo si nos ayuda a ser mejores y si con ello hacemos mejores a otros). Luchas tan importantes como los derechos humanos, la dignidad o la educación, no deben, por ningún motivo, hacernos tristes o amargados. Al fin de cuentas, ¿puede alguien que no tiene la chispa del placer y la alegría convencer sobre cosas importantes?
No deje de gozarse la vida, no deje de luchar por las cosas que considere importantes. No deje ambas. Cuando le falte una, sepa que está abandonando su capacidad de ayudar a transformar su entorno.
Noruega ha sido el escenario, de los miles a diario en todo el planeta, del salvajismo y de la violencia más absurda de todas. Esa violencia que nos pinta como los seres vivos más aniquiladores y depredadores, pero también más falsamente inteligentes. Pero no nos quedemos tranquilos, no dejemos que la pena nos detenga.
Seamos solidarios con un país tan ejemplar para la paz en el mundo, como ha sido Noruega. La mejor manera que entiendo es la de insistir en una educación para la paz que incluya muchos esfuerzos de “desaprendizaje”, muchos esfuerzos de carácter “anti”, que se suman a los esfuerzos de aprendizaje y de carácter “pro”. Nos corresponde insistir en el ejercicio educador “antibélico”, “anti-armas”.
Para educar contra las armas, necesitamos, obviamente, educar para el amor y la solidaridad. Pero démonos un tiempo para algunos aspectos específicamente de oposición:
1. Eduquemos contra el uso de artefactos (incluso de juguete) que evidencian daño, golpe, dolor. Cuando en broma usamos cosas para golpear, cuando una pelota -por ejemplo- se lanza con violencia hacia una persona, o cuando un profesor, con cierta pero bastante tonta inocencia lanza un pedazo de yeso (gis, o como le llamen) o un marcador a un estudiante, cae en esto. Se trata de que no vean los pequeños y pequeñas, que aprenden de lo que ven, que cualquier cosa puede convertirse en arma.
2. Los videojuegos violentos nos enseñan a “usar” armas. Combatamos su uso, evitemos lo más posible que las horas de entretenimiento transcurran a partir de esa práctica virtual del uso de armas. ¿Por qué no los sustituimos con videojuegos de deporte virtual, de desafíos, de hab ilidades’
3. Usemos los ejemplos dramáticos como el de Noruega, de hace 2 días, para enfatizar la necesidad de no usar, de no admirar, de no pretender aprender a usar armas. Convirtamos a las armas en el “objeto más despreciable”. Los argumentos a favor de las armas que pregonan la necesidad de la defensa no abonan para nada en la construcción de un planeta más pacífico y menos doloroso. Al utilizar este ejemplo, veamos que el protagonista trágico es joven. Las armas ya no son exclusivo patrimonio de mentalidades violentas o salvajes dañadas por el paso del tiempo.
Estimado Facundo y pueblos: ¡No fue Guatemala quien te quitó la vida!
Este país, este pueblo, esta sociedad, siempre te quiso y te va a querer con todo el corazón y el alma pacífica y amorosa de la que escribiste y cantaste. Así como el amor es universal, también lo es la violencia y el salvajismo. Que por las causas que fueran, unas balas acabaran con tu vida, no significa que el pueblo guatemalteco te haya matado. Fue aquí, probablemente desde manos nacidas en esta tierra, pero no fue desde los valores o formas de ser nuestra.
Sumarnos a esta pena universal, puede tener otro sentido si recordando algunas de las letras y actitudes de Facundo Cabral, podemos encontrar líneas educativas fundamentales para este tiempo. En breve, podemos pensar que del pensamiento tan maravilloso de Facundo Cabral emanan visiones educativas que debemos impulsar en todo proceso educador:
1. Educar para la vida es educar para la alegría, la bondad, la compasión. Por eso es importante educar DESDE la vida, porque educamos en el hoy, con nuestros propios comportamientos, actitudes y ejemplos.
2. Educar para la gratitud. Este fue uno de los valores más frecuentemente mencionados por Facundo Cabral: agradecer a los demás, agradecer a la vida, agradecer a la naturaleza.
3. Educar para y desde la incertidumbre. Nada es seguro, ninguna expectativa debe ser más fuerte que el mismo camino para lograrla. Vivir a plenitud para que el presente sea lo que podemos construir.
4. Educar para el desprendimiento material. Aunque irónicamente murió dentro de un vehículo lujoso, Facundo Cabral siempre impulsó la necesidad de no pegarnos a las cosas, de no hacernos dependientes de ellas. La “ligereza” (en el sentido de no llenarnos de cosas, ni luchar tanto por ellas) puede ser el contenido más urgente y más difícil en un mundo tan necesitado de las cosas para seguir en el el engaño de su autodestrucción.
¡Saludemos la vida de Facundo Cabral! (Y la de tantos anónimos, hombres y mujeres buenas, que también han vivido para hacer mejor este planeta)

