Cuando un río se sale de su cauce, o cuando un cerro cae encima de casas o carreteras, o cuando un puente es arrastrado como frágil juguete por enojadas correntadas de agua, el desastre llegue a las comunidades. Ocurre, entonces, que las instituciones, el Estado, las comunidades, todo mundo se pone en manos a la obra para recuperar los cuerpos de las víctimas, y luego recuperar las condiciones materiales. Poco a poco, lentamente, las cosas vuelven a su normalidad. Pero, ¿y los efectos emocionales en los niños y niñas? El terror vivido esos días, cuando ven que sus casas son destruidas, cuando en la noche escuchan ruidos tan tenebrosos, cuando saben que familiares o amigos han desaparecido, el impacto emocional se instala en los pequeños seres humanos que no captan, aún, lo que ocurre. En los desastres no debemos concentrarnos sólo en los asuntos materiales, sino también en la emocionalidad de pequeños y pequeñas. Algunas observaciones que podrían tomarse en cuenta con los y las pequeñas víctimas de desastres socionaturales: 1- Dedicar mucho esfuerzo a explicar la situación ocurrida. Insistir en lo natural del asunto, pero también lo social de la situación (la forma de construcción de casas, los puentes viejos, etcétera). 2- Permitir la expresión libre, emotiva, de lo que “sintieron, “vivieron, vieron, pensaron”. Es importante que el niño o niña cuente todo lo que vió, lo que sintió, lo que llegó a pesar. 3- Estas expresiones infantiles tienen que ser utilizadas para convertirlas en un diálogo que el adulto debe poder llevar a la tranquilización y calma del pequeño. 4- Esta expresión (que también puede ser en dibujos) debe ser registrada por el adulto. Debe tenerla a la mano para llegar a comprender más profundamente el sentimiento de cada niño. 5-En diálogo colectivo, tratar de descubrir qué hacer para la próxima, qué cambios deben hacerse para que no vuelva a afectarles. Esto deberá ser junto a adultos responsables, porque las decisiones pasan principalmente por ellos. Algo más: Las y los niños no deben quedarse con la idea de que fue “un castigo de Dios” o algo así. Tienen que llegar a una comprensión de situaciones naturales que se junta con decisiones y acciones de seres humanos.
Cuando uno llega a determinados momentos en la vida, como cumplir una edad especial (como yo el día de hoy), una serie de reflexiones acuden, cargadas de historias variadas. Pero entre esas historias, quisiera poder reflexionar sobre una de las más importantes en mi vida: la de ser maestro, educador, docente (como quieran decirlo). En estos años, ya 30 dedicados a la docencia -con niños, niñas, jóvenes y adultos- he llegado a captar que tanto encuentro y desencuentro, ha sido motivo para sentirme vivo. Ejercer esta profesión, este oficio, este proyecto (el de la educación, el de la docencia) ha sido clave para sentirme vivo. Para sentirme en conexión profunda con el planeta y con toda su expresión de vida. En otras palabras, educar me ha servido para vivir. Y por eso he terminado viviendo para educar, es decir, vivo para la educación en todas sus manifestaciones. Pero la más importante, en la manifestación más concreta y real: la del encuentro humano, interpersonal de cada día, con estudiantes. No son los libros pedagógicos o educativos, no son los esfuerzos políticos e institucionales, no es la faceta de funcionario educativo (en las instancias como el Ministerio de Educación, organizaciones internacionales o la Universidad de San Carlos de Guatemala), no son los grandes esfuerzos en iniciativas especiales, ni los discursos. Han sido mis alumnos y alumnas los que me han hecho sentir vivo, educador. Llegar a esta edad, entre tantas cosas, con una de las máximas bendiciones de un ser vivo: ¡Llegar a una edad en la que sigo vivo! ¡Vivo por tanto cariño, ternura, dificultades, sonrisas y caras largas! Pero vivo!! Educando para sentirme vivo, y viviendo porque me siento educador.
He aquí algunas reflexiones para aprovechar en nuestros espacios escolares, esta importante fecha: 1. Aprovechar la fecha para el reconocimiento. Es decir, que podamos realizar estudios breves, lecturas, investigaciones que nos indiquen los pueblos con los que compartimos cercanía. Responder a preguntas como: ¿qué pueblos o culturas comparten el territorio de nuestro país, cuáles son? 2. Reflexionar sobre diferencias y similitudes. Esto significa que podamos reflexionar, con profundidad y respeto, acerca de los aspectos que comparten los pueblos, así como las diferencias más notorias. Y responder preguntas como: ¿somos tan diferentes? 3. Talleres sobre prácticas discriminatorias. Esto debiera ser un espacio creativo y diverso en el que afloren y permitan el reconocimiento de prácticas, actitudes y comportamientos racistas, discriminatorios. Y contestar preguntas como: ¿a quién conviene el racismo, ganamos algo con él? 4. Compromisos personales. Todo este aprovechamiento educativo debiera llevarnos a la búsqueda de compromisos actitudinales y personales que permitan superar la distancia, la desconfianza, el alejamiento, la actitud de superioridad o inferioridad, hacia los otros pueblos y culturas.

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