Enseñar la indignación

Cada vez más parece que ya no nos afecta la muerte salvaje, la violencia, el desprecio a la dignidad e integridad humanas. Cada vez pareciera que somos más insensibles al dolor humano, a la destrucción de la vida en todas sus expresiones. Pero es importante que no ocurra eso, que no permitamos que nuestro ADN como especie humana, se incrusten la apatía, el desinterés o la indiferencia ante la injusticia, la violencia, el abuso de poder. En otras palabras, necesitamos -como humanos comprometidos con el planeta- sentir indignación. Necesitamos urgentemente seguir sintiéndonos indignados por los políticos, empresarios, financieros, funcionarios, educadores, etcétera, que aprovechan sus posiciones de poder para lograr sus intereses personales y sectarios, aunque afectan a grandes masas poblacionales, aunque hagan más pobre, más violento y más terrible este mundo. Recordemos que la sentimos indignación cuando sentimos que nos arrebatan la dignidad. Sentimos indignación porque nos sentimos dignos de y para la vida, la justicia y el desarrollo. Enseñar la indignación (como un aporte a movimientos genuinos como el iniciado en ciudades españolas en los últimos días) puede empezar por algunas acciones prácticas con nuestros alumnos o hijos: 1. Cada vez que vemos o sabemos sobre un acto de violencia contra algún ser humano, deberemos mostrar nuestra pena por la víctima y sus familiares. Eso significa conversar sobre el dolor que estarán sufriendo, sobre la tristeza que habrán de tener. (Tengamos cuidado, eso sí, de no causar amarguras profundas a nuestros niños, niñas y jóvenes). 2. Conversemos sobre las causas, los factores y los actores que causaron el hecho violento. Busquemos siempre compartir visiones o posiciones de rechazo a todo abuso, sea quien sea y por lo que sea. 3. Busquemos relacionar hechos en lugares distintos y distantes. Lo que ocurre en algún país africano nos duele tanto como lo que sucede en América o Europa, o donde sea. 4. Expliquemos por qué nos duele, qué sentimos cuando presenciamos o sabemos sobre hechos de injusticia o violencia contra seres humanos. Expliquemos con detalle y profundidad lo que sentimos en nuestro cuerpo, como dolor y pena, pero también como enojo, frente a los actos injustos, y frente a los seres injustos. 5. Invitemos en los diálogos de indignación, a realizar propuestas para enfrentar esos hechos. De esa manera, la indignación como sentimiento y actitud se convertirá en fuerza o eje para la acción. Cualquier aporte, diálogo o enriquecimiento a estas propuestas, ¡siempre serán bienvenidos!

El celular como medio de aprendizaje

Ya vamos llegando! Ya vamos llegando! El uso del teléfono celular o móvil, como se le diga, para fines educativos empieza a ser una realidad que paulatinamente se impone. El acceso a la información, que antes nos hubiera costado ir a una biblioteca o a la librera de casa a buscar un diccionario o un libro. O que en tiempos más recientes, nos implicaría encender el computador y meternos a internet. Todo eso empieza a superarse en velocidad y facilidad, porque en el bolsillo llevamos la información. Porque en una cosita pequeña hay un acceso a la vasta información creada por el ser humano. Puede llevarnos ello a algunas preguntas: ¿A qué se dedicarán las escuelas o universidades, si en un teléfono puede encontrarse mucho de la información a la que dedican tanto tiempo y esfuerzo? ¿Si ahorramos tiempo en búsqueda de información, podríamos dedicarlo a la formación más plena y humana? ¿Aprenderemos mucho más de un teléfono que de un señor o una señora que nos repite mecánicamente, que nos dicta cosas, que nos hace aprendernos datos para podernos otorgar un puntaje que, en su suma, va a graduarnos de la Universidad o cualquier otra institución educativa? Preguntas como éstas debieran empezar a ocupar nuestro pensamiento y nuestras formas de asumir y enfrentar las nuevas exigencias educativas. Pero debemos apurarnos las y los educadores, porque en eso nos llevan muchísima delantera los economistas, los financieros, los dueños de las transnacionales informáticas, los grandes capitales que nos venden programas o aparatos. Y que ya sabemos, no están angustiados por el desarrollo integral de cada ser humano en el planeta.

El resentimiento como “logro” educativo

Es impresionante, pone la piel erizada, escuchar a estudiantes de secundaria cuando hablan de sus docentes ¡con tanto resentimiento! Recientemente en una conversación con dos jóvenes, apareció el tema de sus profesoras. Resaltó lo expresado acerca de tres docentes (un hombre, dos mujeres). La cara les cambio y se les llenó de una dureza y un rencor tan enormes que inundaron el espacio. Y hablaron con tanto resentimiento como si hablaran de delincuentes que les han hecho daño. Y son quienes les !enseñan religión! ¿Qué han conseguido, cuáles son sus logros? ¿Acercar a los jóvenes a un aprendizaje más humano, pleno y feliz de Dios? No! ¿Causar en ellos cierta vinculación o nexos con la Iglesia a la que representan? !Menos! Su “logro” ha sido el resentimiento, el enojo, la cólera y las actitudes violentas hacia ellos, y hacia todo lo que represente conocimientos, maestros, etcétera. Semejante “logro” es más dañino que la memorización mecánica de los conocimientos más inútiles que invaden todo plan de estudios de la mayoritaria educación tradicionalista. Es más dañina, totalmente, porque contribuyen a generar los sentimientos, actitudes y visiones destructivas en la sociedad humana. ¿Qué gana el planeta con más y más habitantes resentidos, violentos y desanimados? Es urgente que, o se procese formativamente (de manera profunda, intensa, extensa y seriamente) a esos docentes, o que se les quite y prive de toda actividad y vinculación con jóvenes. ¡Que se dediquen a otra cosa, si no saben interactuar respetuosa y dignamente con jóvenes! Lo anterior significa que las instituciones educativas, públicas o privadas, le pongan una atención seria e integral a la formación de sus formadores y formadoras. Que no abandonen a la juventud en esas cárceles (llamadas aulas), a manos de verdugos que castigan la vida, la espontaneidad, la expresión y la dinámica de las y los jóvenes. Y a los jóvenes estudiantes, habrá que pedirles que no se dejen vencer por todo eso. Que denuncien, que condenen, que resistan pero enviando mensajes de indignación, de no tolerancia absoluta, de no obediencia ciega. Y si las autoridades son parte de la misma estructura delictiva (porque aquel o aquella que mata la alegría es un delincuente vestido de profesor), resistan de las formas que sean, pero sin dejar que su corazón se contagie, porque ése sería el peor de los triunfos de esos falsos educadores.

Vivir para aprender, aprender para vivir.

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