En esta época, la tentación por regalar es muy grande. ¡Y qué bueno es que nos desprendamos, que hagamos sacrificios y esfuerzos por agradar a nuestros seres queridos! La Navidad, el nacimiento del amor y la paz, encarnados en el niño Jesús, es un buen motivo para el reencuentro y para la demostración de lo bueno que sentimos por los demás. Así que, ¡nada de descalificar o despreciar esta práctica maravillosa de regalar! Pero podemos hacerlo de otra manera. En lugar de regalar objetos, podemos regalar experiencias. Eso significa que el dinero (sea la cantidad que podamos) se dirija al aporte que hacemos a nuestros seres queridos para que tengan sus propios momentos de alegría, que vayan a comer algo, que paseen en algún diferente, que tengan la oportunidad de conocer algo nuevo. Que vivan juntos una experiencia diferente, gracias a nuestro regalo navideño. Cuando esa experiencia es compartida entre diferentes grupos familiares, incluido el que hace el regalo, la cosa es realmente maravillosa. Ya no es el teléfono celular, ni la televisión, ni la camisa, ni el reloj, ni el adorno aquel que sólo sirve para un ratito, los motivos de recuerdo. Bueno, hay que decir claramente que a las cosas se les olvida pronto, a veces ni siquiera recordamos quién nos dio tal o cual objeto. Pero recordar experiencias vividas y compartidas con los demás, ¡eso se recuerda con mucha intensidad! Sugerencias de experiencias a regalar: • Comidas colectivas fuera de los entornos tradicionales o rutinarios. • Paseos colectivos. El regalo puede ser el pago del combustible o de los pasajes, o la comida principal, por ejemplo. • Pago de las entradas a algún espectáculo que se quiere presenciar. • Otras. También cabe la posibilidad de no regalar nada, concretamente nada! Pero sí regalar el compromiso de compartir más tiempo, de reír más veces juntos, de hablar, de intercambiar la vida.
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Pido perdón por tomar este ciberespacio de expresión y aprendizaje, para compartir alguna reflexión personal, derivada de ser la semana en que cumplo años. Así que como persona y como educador comparto estas reflexiones:
1. Gracias a mi madre y mi padre pude ser parte de esta vida. Pero gracias a ellos, a mis hermanos y hermanas, tíos, tías, abuelas, compañeras, hijos e hija, a mi familia en general, pude ser parte ya no sólo de la biología, sino de la sociedad. Eso es mucho para agradecerlo.
2. Gracias a mis alumnos y alumnas, desde aquella escuelita comunitaria en la zona 7 de Guatemala, con el Grupo Juvenil Vicentino, mi querido Colegio Loyola (mi casa pedagógica), la Mirón Muñoz y el Colegio Belga (en ambos aprendí y gocé tanto ser educador), y en otros colegios hermanos y queridos para mí (principalmente Monte María y Santa Teresita). Y sobre todo, por ya casi 26 años de vivencia, mi gratitud para mis estudiantes de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos. A ello agrego mis colegas maestros, jóvenes educadores, hermanos indígenas, educadores populares, con quienes he compartido tantos esfuerzos. Todos y todas me han permitido el intento permanente, inconcluso, siempre inédito, de pretender ser un educador de la vida y para la transformación del mundo.
Así que agradecer a la gente que nos ha hecho vivir y aprender, es lo único realmente importante cuando una fecha personal se aproxima. Como humano, gracias por la vida. Como educador, gracias por lo vivido.
Para algunos autores, la felicidad se basa en la siguiente fórmula: placer + significado. Somos felices en la medida que aprovechamos y usamos -en el mejor sentido de la palabra- todo aquello que nos genera placer físico, psicológico o espiritual (desde la familia, hasta las comidas, el sexo, el deporte, el arte, la naturaleza, etcétera). Pero si eso es lo único que buscamos, puede que no estemos frente a factores que nos pueden dar felicidad. Todo ese placer tiene que estar conectado, o complementario, a una vida que vivimos con significado. Es decir, se trata de que, además del placer, también nos esforcemos, trabajemos y luchemos, comprometidamente, por metas o pretensiones que van más allá de nuestra persona, que no se reducen a nuestras necesidades individuales, sino que tienen que ver con otros, o que tienen que ver con aspectos que consideramos van a hacer mejor la vida, la sociedad y el planeta. Vivir con significado representa vivir por algo, a favor de algo, buscando o apoyando algo.
Así, ambos elementos de la fórmula son fundamentales. Si vivimos sólo con placer, pero sin ser parte de esfuerzos a favor de lo bueno, terminamos en situaciones egoístas, de placer temporal, que con el paso del tiempo se acaba (por aburrimiento, por edad, por deterioro físico, por aislamiento). Pero si sólo vivimos para nuestras luchas, por muy válidas que sean, pero sin darnos gustos, sin gozarnos de las cosas que nos ofrece la vida, nos convertimos en activistas de nuestros sueños, pero amargados, pobres en placer, tristes, aislados, envejecidos.
No se trata sólo de encontrar un equilibrio, sino de vivir para ambos aspectos, y saber que vivimos gracias a ellos. Vivimos porque hay placer en lo que hacemos y porque aprendemos a darle sentido a nuestro paso por este mundo. Y vivimos para seguir gozando lo que podemos (con la responsabilidad de que el gozo siempre es gozo si nos ayuda a ser mejores y si con ello hacemos mejores a otros). Luchas tan importantes como los derechos humanos, la dignidad o la educación, no deben, por ningún motivo, hacernos tristes o amargados. Al fin de cuentas, ¿puede alguien que no tiene la chispa del placer y la alegría convencer sobre cosas importantes?
No deje de gozarse la vida, no deje de luchar por las cosas que considere importantes. No deje ambas. Cuando le falte una, sepa que está abandonando su capacidad de ayudar a transformar su entorno.

