Noruega ha sido el escenario, de los miles a diario en todo el planeta, del salvajismo y de la violencia más absurda de todas. Esa violencia que nos pinta como los seres vivos más aniquiladores y depredadores, pero también más falsamente inteligentes. Pero no nos quedemos tranquilos, no dejemos que la pena nos detenga.
Seamos solidarios con un país tan ejemplar para la paz en el mundo, como ha sido Noruega. La mejor manera que entiendo es la de insistir en una educación para la paz que incluya muchos esfuerzos de “desaprendizaje”, muchos esfuerzos de carácter “anti”, que se suman a los esfuerzos de aprendizaje y de carácter “pro”. Nos corresponde insistir en el ejercicio educador “antibélico”, “anti-armas”.
Para educar contra las armas, necesitamos, obviamente, educar para el amor y la solidaridad. Pero démonos un tiempo para algunos aspectos específicamente de oposición:
1. Eduquemos contra el uso de artefactos (incluso de juguete) que evidencian daño, golpe, dolor. Cuando en broma usamos cosas para golpear, cuando una pelota -por ejemplo- se lanza con violencia hacia una persona, o cuando un profesor, con cierta pero bastante tonta inocencia lanza un pedazo de yeso (gis, o como le llamen) o un marcador a un estudiante, cae en esto. Se trata de que no vean los pequeños y pequeñas, que aprenden de lo que ven, que cualquier cosa puede convertirse en arma.
2. Los videojuegos violentos nos enseñan a “usar” armas. Combatamos su uso, evitemos lo más posible que las horas de entretenimiento transcurran a partir de esa práctica virtual del uso de armas. ¿Por qué no los sustituimos con videojuegos de deporte virtual, de desafíos, de hab ilidades’
3. Usemos los ejemplos dramáticos como el de Noruega, de hace 2 días, para enfatizar la necesidad de no usar, de no admirar, de no pretender aprender a usar armas. Convirtamos a las armas en el “objeto más despreciable”. Los argumentos a favor de las armas que pregonan la necesidad de la defensa no abonan para nada en la construcción de un planeta más pacífico y menos doloroso. Al utilizar este ejemplo, veamos que el protagonista trágico es joven. Las armas ya no son exclusivo patrimonio de mentalidades violentas o salvajes dañadas por el paso del tiempo.

