En esta época, la tentación por regalar es muy grande. ¡Y qué bueno es que nos desprendamos, que hagamos sacrificios y esfuerzos por agradar a nuestros seres queridos! La Navidad, el nacimiento del amor y la paz, encarnados en el niño Jesús, es un buen motivo para el reencuentro y para la demostración de lo bueno que sentimos por los demás. Así que, ¡nada de descalificar o despreciar esta práctica maravillosa de regalar! Pero podemos hacerlo de otra manera.
En lugar de regalar objetos, podemos regalar experiencias. Eso significa que el dinero (sea la cantidad que podamos) se dirija al aporte que hacemos a nuestros seres queridos para que tengan sus propios momentos de alegría, que vayan a comer algo, que paseen en algún diferente, que tengan la oportunidad de conocer algo nuevo. Que vivan juntos una experiencia diferente, gracias a nuestro regalo navideño.
Cuando esa experiencia es compartida entre diferentes grupos familiares, incluido el que hace el regalo, la cosa es realmente maravillosa. Ya no es el teléfono celular, ni la televisión, ni la camisa, ni el reloj, ni el adorno aquel que sólo sirve para un ratito, los motivos de recuerdo.
Bueno, hay que decir claramente que a las cosas se les olvida pronto, a veces ni siquiera recordamos quién nos dio tal o cual objeto. Pero recordar experiencias vividas y compartidas con los demás, ¡eso se recuerda con mucha intensidad!
Sugerencias de experiencias a regalar:
- Comidas colectivas fuera de los entornos tradicionales o rutinarios.
- Paseos colectivos. El regalo puede ser el pago del combustible o de los pasajes, o la comida principal, por ejemplo.
- Pago de las entradas a algún espectáculo que se quiere presenciar.
- También cabe la posibilidad de no regalar nada, concretamente nada! Pero sí regalar el compromiso de compartir más tiempo, de reír más veces juntos, de hablar, de intercambiar la vida.


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