El desastre vivido en los países centroamericanos, en este mes de octubre del 2011, sólo es una muestra del enorme desorden en la construcción de la vida humana en el planeta.
Pero los muertos, los huérfanos, las casas destruidas, los cerros arrasando con todo, siempre se encuentran en donde viven los pobres, donde tratan de vivir los pobres.
Los damnificados siempre serán hombres, mujeres, niños, jóvenes, que pertenecen a los estratos pobres, donde la necesidad obliga a vivir en montañas, ante la indiferencia o pasividad de los gobiernos que no sólo no evitan eso, sino que no ofrecen otras opciones, o no se esfuerzan en encontrarles otros lugares para vivir.
Las casas son destruidas por los ríos que se salen de sus cauces, o por cerros que cansados por tanta lluvia, ceden y se desploman. Y así, año con año, invierno con invierno.
Pero, aunque empieza a ser notoria la corrupción, la negligencia o la falta de interés y profundo esfuerzo por parte de las estructuras políticas que deciden el destino del gasto público, que toman las decisiones para la previsión, la mitigación y la reconstrucción, también es notoria nuestra ignorancia, nuestro analfabetismo ecológico, porque lo que primero ocurre es la ¡culpabilización de la naturaleza!
¿Qué culpa tienen los ríos de que las lluvias caigan en niveles nunca antes ocurridos? ¿Qué culpa tienen los cerros de que la deforestación no les ofrezca firmeza y solidez? ¿Qué culpa tienen las nubes de que su ciclo hídrico esté descompuesto porque el ser humano, en todo sea en el planeta, ha abusado de la Madre Naturaleza?
Es imprescindible dejar lugar de culpar a la naturaleza de las tragedias, porque éstas se causan principalmente por la confluencia de factores humanos (aunque no neguemos que siempre ha habido hechos naturales que aniquilan con fuerza, incluso sin distinguir clases sociales o económicas). La educación debe convertirse en una comprensión del mundo en que vivimos, y eso incluye una capacidad para entender la situación ecológica dominante, para descubrir cuáles son las luchas ciudadanas y políticas que permitan salvar al planeta. Y sobre todo, que la educación ecológica nos permita ir profundizando actitudes, comportamientos y sentimientos individuales, familiares y sociales de cuidado de los recursos, de amor y ternura por todo lo natural, de encuentro con nuestro hogar planetario.
La naturaleza es la madre, es el cobijo, es el alimento. No podemos seguir destruyéndola, atacándola, y después, cuando recibimos las consecuencias de nuestra propia violencia, terminemos culpándola de nuestros males y dolores.
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Nuestras acciones individuales por sanear y conservar el medio ambiente son insuficientes. Necesitamos trabajar integradamente, la naturaleza no puede esperar promesas politicas que nunca se cumpliran. Los ciudadanos organizados podemos emprender acciones para proteger a la naturaleza que no le pertenece a nadie… “Emprendamos acciones hoy…”


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