EDUCAR PARA VIVIR, VIVIR PARA EDUCAR

Cuando uno llega a determinados momentos en la vida, como cumplir una edad especial (como yo el día de hoy), una serie de reflexiones acuden, cargadas de historias variadas. Pero entre esas historias, quisiera poder reflexionar sobre una de las más importantes en mi vida: la de ser maestro, educador, docente (como quieran decirlo).
En estos años, ya 30 dedicados a la docencia -con niños, niñas, jóvenes y adultos- he llegado a captar que tanto encuentro y desencuentro, ha sido motivo para sentirme vivo. Ejercer esta profesión, este oficio, este proyecto (el de la educación, el de la docencia) ha sido clave para sentirme vivo. Para sentirme en conexión profunda con el planeta y con toda su expresión de vida. En otras palabras, educar me ha servido para vivir. Y por eso he terminado viviendo para educar, es decir, vivo para la educación en todas sus manifestaciones. Pero la más importante, en la manifestación más concreta y real: la del encuentro humano, interpersonal de cada día, con estudiantes.
No son los libros pedagógicos o educativos, no son los esfuerzos políticos e institucionales, no es la faceta de funcionario educativo (en las instancias como el Ministerio de Educación, organizaciones internacionales o la Universidad de San Carlos de Guatemala), no son los grandes esfuerzos en iniciativas especiales, ni los discursos. Han sido mis alumnos y alumnas los que me han hecho sentir vivo, educador. Llegar a esta edad, entre tantas cosas, con una de las máximas bendiciones de un ser vivo: ¡Llegar a una edad en la que sigo vivo! ¡Vivo por tanto cariño, ternura, dificultades, sonrisas y caras largas! Pero vivo!! Educando para sentirme vivo, y viviendo porque me siento educador.

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