Nuestro cuerpo es ¡toda una fiesta!
Innumerables artículos existen ya sobre los efectos beneficiosos en nuestra salud que provienen de los abrazos, los besos y las caricias de todo tipo, incluidas las que vivimos con nuestra pareja. Todo ese esfuerzo científico y social viene a reafirmar que nuestro cuerpo es una maravilla compuesta de fluidos, hormonas, reacciones, sensaciones. En otras palabras, ¡es toda una fiesta!
¡Y en una fiesta, las cosas son alegres! No vamos a las fiestas a sentirnos mal con nosotros mismos, no vamos a amargarnos, ni a sentirnos culpables. Vamos al encuentro de los demás, vamos a estar un momento llenos de alegrías, de placeres, de gozos, de estímulos que nos generen fuerza para seguir adelante con nuestra vida. Nos confundimos allí, porque la vida es la fiesta en su totalidad, y las “fiestas” son momentos particulares que reafirman esa fiesta, que le agregan energías e ingredientes.
Nuestro cuerpo reúne todos esos ingredientes de la fiesta, porque él es una fiesta completa. Él no debiera ser la causa de nuestros peores sentimientos de culpa. No debiera ser la causa de sentirnos avergonzados, mucho menos debe ser motivo para nuestra baja autoestima. Dicho de otro modo, al ocurrir todo lo anterior, nuestro cuerpo se convierte en la causa principal de nuestros más grandes sufrimientos y pesadillas, de las peores cosas que vivimos. Y no, ¡no dejemos que esto sea así! ¡Nuestro cuerpo es una fiesta! ¿Por qué?
Porque todo lo que nos causa gozo, placer, alegría, pasa por nuestro cuerpo. Hasta la más profunda de nuestras sensaciones espirituales o religiosas, tiene que ver con un cerebro que piensa, con fluidos nerviosos que nos hacen sentir, con una piel en la que sentimos la conexión espiritual. Todo es corporal, hasta nuestras ideas y más fieles sentimientos (como el sentimiento hacia Dios o hacia la gente más cercana y querida). Todo es corporal.
Por eso, la sexualidad también es –así debe ser- un motivo de alegría, de plenitud, de placer y gozo. La sexualidad es una de esas lindas posibilidades que no sólo han generado que estemos vivos, sino que nos “sintamos” vivos, pues tiene lugar precisamente en ese lugar o espacio tan festivo llamado cuerpo.
Cuando llegamos a entender que nuestro cuerpo es una fiesta, la piel, nuestras extremidades, nuestros sentidos, todo se confabula para que nos convenzamos de ser felices y de gozar al máximo lo que el mundo nos ofrece. Si no poseemos la figura que nos venden en la televisión o en la publicidad, si no tenemos los centímetros (en nuestra talla, en nuestros órganos genitales, en nuestro seno) que nos permitirían decir “son grandes”, si no entramos en el estereotipo de belleza dominante, ya no importa. Porque nuestro cuerpo, con todas sus características, nos invita todos los días a la festividad de la vida, de las sensaciones, de nuestra sexualidad. Es el nuestro, el que nos da la alegría (o el que nos provee de la tristeza, si lo permitimos).
Veamos:
- Nuestro cuerpo es una fiesta porque las sensaciones sexuales y sensuales que tenemos pueden hacer que nos sintamos bien. ¿Por qué permitir que nos invadan y nos contaminen con culpas por sentir lo que nuestro cuerpo nos hace sentir? Por razones fundamentales para la vida –explicadas científicamente- es que existe el placer corporal.
- Nuestro cuerpo es una fiesta porque cuando aprendemos a sentirlo a él, sin la dependencia de los gustos que nos imponen, aprendemos a sentirnos felices en lo que somos, en lo que tenemos, en lo que sentimos. Y eso nadie puede robarlo, a menos que permitamos ese robo.
- Nuestro cuerpo es una fiesta porque a diario podemos encontrar motivos para la alegría. No necesariamente en nuestra actividad sexo-genital, sino también en los abrazos tiernos, en las caricias sencillas a nuestros hijos e hijas, en la sensación de vitalidad que nos da el deporte o el ejercicio. En los placeres de una comida, de olores satisfactorios, de vistas espectaculares. Cualquier centímetro de nuestro cuerpo es una llamada a la fiesta.
Por todo esto, es que la fiesta no puede convertirse en un festín de irresponsables o de desenfrenados salvajes. La fiesta es también hecha con responsabilidad, para que siga, para que continúe, para que no se acabe. La irresponsabilidad la destruye cuando nuestro cuerpo es poco atendido y entendido, cuando no hacemos ejercicio para sentirnos bien, cuando el desenfreno en la comida, en la bebida y en la misma actividad sexual, nos lleva a perder de vista que la vida es también otras cosas, que para poder gozarnos todo eso, también tenemos que cuidarnos. Como nuestro cuerpo es una fiesta que no queremos perder, también es una responsabilidad que tenemos que atender.
Nuestro cuerpo es ¡toda una fiesta!
Innumerables artículos existen ya sobre los efectos beneficiosos en nuestra salud que provienen de los abrazos, los besos y las caricias de todo tipo, incluidas las que vivimos con nuestra pareja. Todo ese esfuerzo científico y social viene a reafirmar que nuestro cuerpo es una maravilla compuesta de fluidos, hormonas, reacciones, sensaciones. En otras palabras, ¡es toda una fiesta!
¡Y en una fiesta, las cosas son alegres! No vamos a las fiestas a sentirnos mal con nosotros mismos, no vamos a amargarnos, ni a sentirnos culpables. Vamos al encuentro de los demás, vamos a estar un momento llenos de alegrías, de placeres, de gozos, de estímulos que nos generen fuerza para seguir adelante con nuestra vida. Nos confundimos allí, porque la vida es la fiesta en su totalidad, y las “fiestas” son momentos particulares que reafirman esa fiesta, que le agregan energías e ingredientes.
Nuestro cuerpo reúne todos esos ingredientes de la fiesta, porque él es una fiesta completa. Él no debiera ser la causa de nuestros peores sentimientos de culpa. No debiera ser la causa de sentirnos avergonzados, mucho menos debe ser motivo para nuestra baja autoestima. Dicho de otro modo, al ocurrir todo lo anterior, nuestro cuerpo se convierte en la causa principal de nuestros más grandes sufrimientos y pesadillas, de las peores cosas que vivimos. Y no, ¡no dejemos que esto sea así! ¡Nuestro cuerpo es una fiesta! ¿Por qué?
Porque todo lo que nos causa gozo, placer, alegría, pasa por nuestro cuerpo. Hasta la más profunda de nuestras sensaciones espirituales o religiosas, tiene que ver con un cerebro que piensa, con fluidos nerviosos que nos hacen sentir, con una piel en la que sentimos la conexión espiritual. Todo es corporal, hasta nuestras ideas y más fieles sentimientos (como el sentimiento hacia Dios o hacia la gente más cercana y querida). Todo es corporal.
Por eso, la sexualidad también es –así debe ser- un motivo de alegría, de plenitud, de placer y gozo. La sexualidad es una de esas lindas posibilidades que no sólo han generado que estemos vivos, sino que nos “sintamos” vivos, pues tiene lugar precisamente en ese lugar o espacio tan festivo llamado cuerpo.
Cuando llegamos a entender que nuestro cuerpo es una fiesta, la piel, nuestras extremidades, nuestros sentidos, todo se confabula para que nos convenzamos de ser felices y de gozar al máximo lo que el mundo nos ofrece. Si no poseemos la figura que nos venden en la televisión o en la publicidad, si no tenemos los centímetros (en nuestra talla, en nuestros órganos genitales, en nuestro seno) que nos permitirían decir “son grandes”, si no entramos en el estereotipo de belleza dominante, ya no importa. Porque nuestro cuerpo, con todas sus características, nos invita todos los días a la festividad de la vida, de las sensaciones, de nuestra sexualidad. Es el nuestro, el que nos da la alegría (o el que nos provee de la tristeza, si lo permitimos).
Veamos:
Nuestro cuerpo es una fiesta porque las sensaciones sexuales y sensuales que tenemos pueden hacer que nos sintamos bien. ¿Por qué permitir que nos invadan y nos contaminen con culpas por sentir lo que nuestro cuerpo nos hace sentir? Por razones fundamentales para la vida –explicadas científicamente- es que existe el placer corporal.
Nuestro cuerpo es una fiesta porque cuando aprendemos a sentirlo a él, sin la dependencia de los gustos que nos imponen, aprendemos a sentirnos felices en lo que somos, en lo que tenemos, en lo que sentimos. Y eso nadie puede robarlo, a menos que permitamos ese robo.
Nuestro cuerpo es una fiesta porque a diario podemos encontrar motivos para la alegría. No necesariamente en nuestra actividad sexo-genital, sino también en los abrazos tiernos, en las caricias sencillas a nuestros hijos e hijas, en la sensación de vitalidad que nos da el deporte o el ejercicio. En los placeres de una comida, de olores satisfactorios, de vistas espectaculares. Cualquier centímetro de nuestro cuerpo es una llamada a la fiesta.
Por todo esto, es que la fiesta no puede convertirse en un festín de irresponsables o de desenfrenados salvajes. La fiesta es también hecha con responsabilidad, para que siga, para que continúe, para que no se acabe. La irresponsabilidad la destruye cuando nuestro cuerpo es poco atendido y entendido, cuando no hacemos ejercicio para sentirnos bien, cuando el desenfreno en la comida, en la bebida y en la misma actividad sexual, nos lleva a perder de vista que la vida es también otras cosas, que para poder gozarnos todo eso, también tenemos que cuidarnos. Como nuestro cuerpo es una fiesta que no queremos perder, también es una responsabilidad que tenemos que atender.
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