La caricia plena es la primera maestra sexual

Desde el primer segundo de vida en que “estamos por nuestra cuenta”, respirando, en este planeta, ya sin el resguardo de ese maravilloso hogar llamado vientre, desde ese momento, nos toca aprender a vivir en un mundo que compartimos con otros seres, unos semejantes, otros muy distintos.

Las relaciones con esos seres semejantes son las fundamentales para que nuestra presencia en el mundo no sólo sea agradable, maravillosa, productiva y transformadora para la sociedad, sino para nosotros mismos. Está más que comprobado que si aprendemos desde esos primeros momentos a vivir con ternura, con alegría, muy bienvenidos y bienvenidas, así será –en lo general- nuestra vida social.

Es decir, cuánto más caricias, más cariño, más costumbre cotidiana de que el cuerpo de niños y niñas sea motivo de calor y profundo respeto, más será posible que ese niño o niña llegue a ser una persona sana física y emocionalmente. Por supuesto, éstas serán las bases para su encuentro con otros, para su desarrollo social (al ir al encuentro con los semejantes) y para su desarrollo espiritual (al ir al encuentro de la vida en todo el planeta).

Todo esto tiene que ver con la sexualidad.

Las caricias llenas de amor, de ternura, de respeto, pero también constantes y permanentes (no sólo para determinadas fechas o circunstancias), terminan siendo una de las vías más seguras y firmes para el desarrollo de la personalidad, y eso incluye la dimensión sexual de un ser humano. Vivir en un entorno cariñoso nos permite aprender, desde pequeños, que el cuerpo es fuente de alegría y vida, y que el cuerpo es uno de nuestros más importantes motivos para ser felices en este mundo. Que eso incluye el cuerpo de los demás, que abusar (física o sexualmente) de otros, es algo así como ir en contra de algo maravilloso.

La caricia plena es aquella que se expresa físicamente, pero también relacionalmente. Es decir, acariciar a un niño es importante, pero también tiene que estar acompañado de ejemplos diarios de respeto en las relaciones, como escuchar, atender, incluir propuestas y decisiones, poner atención a “las cosas propias” de ese niño o niña. Es decir, la caricia no es sólo un gesto físico, sino también un gesto cotidiano de carácter verbal, de respeto a la dignidad personal, de valoración de la individualidad. En ese sentido, la caricia cobra una fuerza impresionante: el niño o niña es respetada, valorada, atendida, querida. Acariciada en todo sentido.

Esta “maestra sexual”, la caricia, posee una fuerza de convencimiento muy fuerte:

  • Nos recuerda la maravilla de un cuerpo sano, acariciado y que acaricia.
  • Nos permite reconocer en el cuerpo humano algo natural, no una simple fuente de curiosidades insanas.
  • Nos invita a vivir con y desde la caricia, para sí mismos y para otros.
  • Nos permite interiorizar que la sexualidad –como expresión corporal- es un motivo de felicidad y plenitud como seres que habitamos este planeta.
  • Nos va a colocar las bases para que en la vida sexual activa seamos afectivos, cariñosos y llenos de ternura, de tal manera que la sexualidad no sea la simple práctica de intercambios genitales.

Así que, aunque como adultos nos cueste muchísimo (porque vivimos y aprendimos en ambientes familiares poco dados a la ternura física), tenemos que hacer el esfuerzo por DESAPRENDER esa frialdad física, esa distancia corporal, esa falta de caricias. Y APRENDER a no pasar un solo día sin acariciarnos en familia. Así, entonces, pequeños esfuerzos (pero profundamente valiosos):

  • No pasar un día sin acariciar a algún miembro de la familia.
  • Si tenemos hijos e hijas, todos los días acariciarlos, crear la costumbre de que en los “buenos días”, en las despedidas, en las llegadas a casa, en todos esos momentos, haya una caricia, un saludo cariñoso. Palabras + gestos (he aquí la combinación de la sana costumbre de que la caricia nos eduque a todos, adultos, niños y jóvenes).
  • En momentos difíciles, el contacto físico puede contribuir a bajar las tensiones. Un abrazo, un apretón de manos, una palmada.
  • No abandonar el beso cariñoso conforme nuestros hijos e hijas crecen. Seguir con ese beso, esa caricia sencilla, ese gesto, va a marcar nuestra vida para siempre.
  1. Iris Fernández’s avatar

    Hermoso post. Por suerte, como madre, practico esta costumbre… cuando mis hijos me dejan, por supuesto :)
    Es importante decir que ninguna caricia debe ser obligada. Cuando el niño no quiere tener contacto físico con alguna persona en algún momento no se lo debe obligar, ya que se le debe enseñar a cuidar el derecho de elegir a las personas. Cuando a un niño se le dice “hay que saludar a la tía, a la abuela, a los tíos…”, y ese niño sufre y no quiere hacerlo… respetemos su criterio, que por allí se empieza a decirle “tienes derecho a decir que NO”.

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