Para comprender el paradigma dominante

  1. El paradigma cartesiano: Su origen histórico.

El paradigma dominante empezó a crear en un período entre los siglos XVI y XVII. Antes de ese tiempo, en Europa se desarrollaba la época del feudalismo, tiempo en el cual las personas vivían en comunidades pequeñas, con mucho más contacto con la naturaleza y dependientes en extremo de su filiación a Dios. Esto cambio cuando empezaron a ocurrir cambios en la ciencia y no sólo nuevas ideas tuvieron lugar, sino que empezaron a ser cuestionadas las grandes ideas que prevalecían en ese momento.

Por ejemplo, una de las ideas o conceptos más importantes que fue cambiado es la de cómo es el Universo. Se empezó a cuestionar que no era un organismo vivo, sino que era una enorme máquina. Un reloj.

Esta idea surgió porque con los cambios científicos (gracias a nuevos métodos de investigación y de análisis de la realidad, planteados por distintos científicos y filósofos), se llegó a resultados que daban más la idea de máquina que de organismo vivo. La ciencia empezó a verse como un instrumento para dominar y controlar la naturaleza. Algo así como que la ciencia empezó a ser el manual o instructivo que decía cómo manejar mejor la naturaleza, cómo utilizarla y sacarle el máximo provecho.

Si la Tierra ya no es un organismo vivo, también deja de vérsele como a una madre que nos provee de alimento. Al empezar a entenderla como una máquina, ya está claro que se le puede explotar de cualquier manera.

Estos planteamientos empiezan a tener lugar en ese período de tiempo, pero se consolidan y posicionan  gracias a René Descartes, nacido en Francia pero que vivió sus mejores años en Holanda, en el siglo XVII. De ahí que al paradigma racionalista se le llame también “paradigma cartesiano”. De él es la famosa expresión “pienso, luego existo”.

Descartes creía que los resultados de la ciencia, la verdad que venía de ella, eran absolutos. Totalmente creíbles, y nada de aproximaciones. El método de Descartes se basaba en la duda radical, es decir, dudar de todo (los viejos conocimientos, lo que presentimos, nuestras intuiciones), hasta que, gracias al método, se pueda llegar a no tener dudas. Este método se basa central y absolutamente en la racionalidad humana. La lógica entra en escena, y se quedó hasta nuestros días jugando un papel principal.

Una manera de expresar este método está en el hecho de que todo se dividía en partes pequeñas, tan pequeñas como fuera posible. Luego se trata de estudiar cada una de esas partes, y al darles un orden lógico, se obtenían conclusiones sobre el fenómeno, objeto o ser que estuviera siendo estudiado.

A esto se le denomina “análisis”. Desde Descartes hasta hoy, el racionalismo cobró una enorme importancia a tal punto que se llegó a creer que sólo mediante la racionalidad podemos comprender el mundo.

Con Descartes empieza la ciencia a tener un método racional y a utilizar instrumentos, coherente con la idea de que la naturaleza era una máquina, un reloj para ser más exactos. Así, todos los seres vivos también se entienden como partes de esa máquina, y así deben ser estudiados.

Todo esto tuvo su influencia en la filosofía, hasta en la religión. Por eso empezó a convertirse en un paradigma, el que ha dominado el pensamiento de la humanidad desde hace tres siglos, salvo aquellos pueblos, por todo el planeta, que se han defendido de este pensamiento occidental. Su existencia aún es un ejemplo de cómo ese paradigma dominante es irreversible. La ciencia y la filosofía de autores como Descartes, Bacon, Galileo Galilei, Copernico, Newton y otros, fueron metiéndose en todas las actividades humanas, y también teniendo sus resistencias. Se tuvo que recurrir a la manipulación de sentimientos, ideas y hasta actos violentos.

No dejemos de pensar en las famosas quemas de brujas, que son parte de esta represión. Ante de la emergencia poderosa del paradigma cartesiano, y desde el siglo XIV, empezó a perseguirse a las llamadas brujas.  Una explicación a este hecho puede ser el que esas mujeres representaban lo irracional, lo que no tenía explicaciones racionales. Tómese en cuenta que se empezaba a dejar por un lado la vida comunitaria para dar paso a una vida más individualista, en la que la gente pobre significaba una especie de estorbo para el orden legal y productivo. Esos pobres tenían que ser controlados por la Iglesia. Pero como eran las brujas las que mejor apoyo y ayuda –espiritual y emocional- provenían a los pobres, entonces ellas significaban un peligro para el poder establecido. En el siglo XVIII, ya como un efecto del paradigma racionalista, se empezó a dejar de perseguirlas, porque empezó a dejarse de creer en demonios, diablos o espíritus. El pensamiento ya se basaba poderosamente en la menta humana, en el conocimiento científico (comprobable, experimentable, racional).

  1. 2. Todo separado: mente/cuerpo, humanidad/naturaleza

El paradigma racionalista todo lo entiende de manera separada, por ejemplo, mente y cuerpo.  El cuerpo (así como la naturaleza) siempre será visto como  como algo sucio e inferior. La mente o el alma, al contrario, son superiores y limpias.  Y como seres vivos que somos, no somos un conjunto de partes, sino una totalidad: sufrimos o gozamos por nuestros circuitos neurológicos, pero también por los pensamientos que desarrollamos sobre ellos. Sentimos con todo el cuerpo y con todos nuestros pensamientos. Pensamos con los pies, las manos, nuestra piel.

El paradigma cartesiano se basa en una concepción central que ha influido muchísimo en el pensamiento humano: LA SEPARATIVIDAD. Todo se entiende mejor si se analiza por partes, es decir, si las partes se separan. Todo se entiende mejor si quien estudia u observa, se separa también de lo que observa, para mantener su objetividad científica (como veremos más adelante). Algunos ejemplos de esta separatividad son:

  • Mente-cuerpo
  • Naturaleza-humanidad
  • Hombres-mujeres
  • Inteligencia-afecto
  • Intelectuales-obreros.

Esta noción de separatividad sirve de base para que los seres humanos nos sintamos superiores a la naturaleza, y para que todo el progreso y desarrollo tecnológico lo pongamos exclusivamente al servicio de la vida humana (de quienes tienen el poder en la vida, para ser más exactos).

  1. 3. El sujeto observador y la realidad observada

Hemos ido aprendido que para entender nuestra realidad, o aspectos de ella, por ejemplo, cómo viven en determinada cultura, o cómo actúa alguna especia animal o vegetal, nosotros –los seres humanos-nos ponemos como observadores y vemos esa parte de la realidad sin influir en ella, y sin que ella nos influya. Aparece eso que llamamos “objetividad” y también aparece el descrédito o abandono de la “subjetividad” (es decir, de todo lo que tiene que ver con las sensaciones, emociones, pensamientos o anhelos) de quien observa.

Lo anterior nos ha llevado a considerar que el observador está separado de lo que observa. Y esto ha servido para seguir insistiendo que todo está separado. O que todo lo que existe en nuestro mundo lo entenderemos mejor si hacemos separaciones (análisis).

Las y los analistas terminan creyéndose que es importante y central la actitud fría, indiferente frente a lo que observan o viven. Hablan de conceptos o frases como “neutralidad”, “objetividad científica”, “no involucramiento”… Todo esto es parte del paradigma dominante, del paradigma racionalista o cartesiano.

  1. 4. Conocer como control, o conocer como aproximación e interpretación

Alguien que pretende conocer, de la manera tradicional o desde el paradigma dominante, lo que busca es controlar esa realidad que intenta comprender. Empieza por poner el objeto de estudio en partes. No busca poner al objeto en relaciones con otros objetos. Ningún científico puede decir que cuando estudia algo, lo hace sin ser parte de ello. Desde el momento que decide realizar las investigaciones y estudios, ya está “metido personalmente”. La ciencia está al servicio de intereses y nadie puede, entonces, decir que su trabajo científico es neutral. Por dos razones: por su trabajo científico está pagado, apoyado y responde a determinados intereses, y porque el científico o científica no puede dejar de estar involucrado. No puede ser un simple observador o estudioso de la realidad, sin que ella lo afecte, impacte e influya. Cuando se mete a verla, ya la influye, y ya está influido por ella.

  1. 5. Comprender el mundo, ¿sólo con la razón?

Los cuadros de honor en las escuelas, los abanderados, los premios y medallas para los mejores estudiantes, todo eso tiene que ver con esa manera de hacer ciencia: lo mejor es lo racional, lo que viene de la mente humana. Todo se comprende y vive mejor si somos seres racionales. Las demás cualidades y virtudes humanas, importan poco o nada.

El paradigma dominante ha antepuesto la razón a la emoción, y le ha otorgado máxima importancia a la primera. Y sin embargo, razón y afecto (lo que sentimos, anhelamos, sufrimos, gozamos…) se necesitan entre sí, para que no sólo seamos mejores personas, sino para que podemos influir de mejor manera en nuestra realidad. Es insistente el planteamiento de que la razón es la única vía para entender y comprender el mundo.

Hay que tener cuidado de no creer que tenemos una “parte afectiva” y una “parte racional”, aunque científicamente esté comprobado que nuestro hemisferio derecho es el de la afectividad y nuestro hemisferio izquierdo el de la racionalidad. Eso es así, pero en la vida real ambas funciones se interconectan e interactúan. Si creyéramos ciegamente que hay dos partes separadas, seguiríamos dentro de una visión de ese paradigma racionalista: de divisiones y particiones. Somos una totalidad en la que lo racional y lo afectivo siempre se interrelacionan. Los científicos y filósofos del paradigma cartesiano o racionalista no creen en la importancia y utilidad de la emocionalidad. Por eso el lenguaje científico siempre está vacío de poesía, anécdotas, metáforas y relatos.

  1. 6. ¿Podemos sobrevivir sólo con nuestra razón?

¿Seríamos completos o completas, seríamos totalmente felices podríamos decir que hemos vivido plenamente, sin ningún tipo de emoción, digamos estética, por ejemplo, sin escuchar música, sin entretenimientos, sin gozar de todo aquello que nos gusta? El arte y todo aquello que tiene que ver con felicidad y gozo, nos lleva a una palabra: estética. Este concepto viene del griego “aisthetikós”, de “aistheanesthai”: sentir. ¿Podríamos vivir sin sentir, amar, sin gozar?

Biológica y materialmente es posible, pero ni eso completamente, porque si no sentimos miedo, si nuestra emocionalidad no nos pone a la defensiva de reales peligros, tampoco podríamos mantenernos vivos. Ya no digamos si estamos hablando de vivir en plenitud.

Necesitamos tener muy claro algo: necesitamos aprender a conocer y a aprender de muchas maneras, de formas que ya no sólo significan el uso de la razón. Sólo así, diversa y ampliamente, podremos conectarnos al resto del mundo. Sólo mediante la práctica y vivencia de maneras alternativas de conocimiento podremos verdaderamente vincularnos a nuestros distintos contextos.

  1. 7. El antropocentrismo: los humanos nos creemos “amos y señores de la Tierra”.

Los principales teóricos del paradigma cartesiano jamás iban a decir que el ser humano es un ser inferior, incapaz de conocer y dominar todo lo existente en la Tierra. Esto sería una enorme contradicción a ese espíritu de dominación que existe en la ciencia cartesiana. Se trata de dominarlo todo: el conocimiento, las cosas, la riqueza, la naturaleza.

En este paradigma, se coloca al ser humano en el centro de todo, es el “amo y señor” de todo lo existente, hoy y antes. Por eso hablamos de antropocentrismo: lo humano como eje y razón de ser de toda la vida.

Es obvio que nuestras múltiples capacidades nos han colocado en un papel privilegiado en el planeta. De hecho, podemos reflexionar sobre nosotros mismos y sobre esa enorme casa que compartimos con los demás seres vivos. Tenemos o podemos  llegar a tener eso que llaman “pensamiento reflejo”. Pero este papel privilegiado no debe confundirse con sentirnos los amos y señores del planeta, porque lo compartimos y porque también –precisamente por nuestras capacidades- tenemos la responsabilidad de cuidarlo.

Las visiones religiosas han insistido mucho en este papel antropocéntrico, en el que en lugar de estar en relación y a la par (y en paz) con los otros seres y cosas, nos ponemos encima, pretendiendo dominarlo todo. En lugar del ANTROPOCENTRISMO, necesitamos entender el principio ANDRÓPICO: entender nuestro lugar en el conjunto de todos los seres que habitan el planeta.

Algunos autores como Boff hablan no sólo de antropocentrismo sino también de androcentrismo, en el que se enfatiza al varón, al humano macho, como el amo y señor, el dueño o rey de la naturaleza. Si ésta es entendida como una mujer, una esclava para ser más exactos, a la que hay que sacarle todos sus secretos mediante el empleo de instrumentos y actos violentos, como afirmaba Bacon, es el hombre (macho, varón) el llamado a reinar.

No es casual que Bacon, quien había trabajado como fiscal, conocía los métodos de tortura que se empleaban en ese tiempo. Encontramos aquí, entonces, uno de los puntos de partida (desde la ciencia y la filosofía) para el empuje y desarrollo del patriarcado y su filosofía machista.

Si vemos todos estos aspectos o elementos del paradigma cartesiano, descubrimos que uno de los rasgos de este racionalismo extremo, es el efecto de aprender a sentirnos “fuera de casa”, tanto en lo planetario como en lo social, familiar o personal.

Cuando tú te encuentras en tu hogar, más que estar allí, afirmas que “eres de allí”. Lo mismo ocurre con la Tierra. Cuando nos ubicamos en los conceptos racionalistas, principalmente el antropocentrismo, los seres humanos ESTAMOS en la Tierra. Pero al comprendernos antrópicamente (es decir, al comprender que nuestro papel se combina con el papel de los otros seres), llegamos al convencimiento de que SOMOS DE LA TIERRA. Es importante que quede claro que en este paradigma cartesiano (racionalista, dominante, es lo mismo), el ser humano al sentirse superior a todo lo existente en el planeta, se siente dueño y justifica los daños que le hace a su propia casa.  Esto nos convierte en los seres más dañinos de esa casa. Lo irónico es que el paradigma dominante lo justifica, lo ha venido justificando desde hace casi 400 años (con ciencia, con política y hasta con religión incluida).

2 pensamientos en “Para comprender el paradigma dominante”

  1. Tal vez anteponer el androcentrísmo al antropocentrismo, nos daría la oportunidad de llegar a una escala de valores morales que nos haría mas humanos de lo que parecemos en la actualidad. ¿Y por què no? Llevarnos a ser digno de nuestro planeta y sensibilizarnos por medio de la conciencia ecológica… Gracias Doctor

  2. Gracias Omar por su comentario, perdone que hasta ahora lo conteste. ¡Bastante tiempo!, pero nunca es tarde.

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