En esta época, la tentación por regalar es muy grande. ¡Y qué bueno es que nos desprendamos, que hagamos sacrificios y esfuerzos por agradar a nuestros seres queridos! La Navidad, el nacimiento del amor y la paz, encarnados en el niño Jesús, es un buen motivo para el reencuentro y para la demostración de lo bueno que sentimos por los demás. Así que, ¡nada de descalificar o despreciar esta práctica maravillosa de regalar! Pero podemos hacerlo de otra manera. En lugar de regalar objetos, podemos regalar experiencias. Eso significa que el dinero (sea la cantidad que podamos) se dirija al aporte que hacemos a nuestros seres queridos para que tengan sus propios momentos de alegría, que vayan a comer algo, que paseen en algún diferente, que tengan la oportunidad de conocer algo nuevo. Que vivan juntos una experiencia diferente, gracias a nuestro regalo navideño. Cuando esa experiencia es compartida entre diferentes grupos familiares, incluido el que hace el regalo, la cosa es realmente maravillosa. Ya no es el teléfono celular, ni la televisión, ni la camisa, ni el reloj, ni el adorno aquel que sólo sirve para un ratito, los motivos de recuerdo. Bueno, hay que decir claramente que a las cosas se les olvida pronto, a veces ni siquiera recordamos quién nos dio tal o cual objeto. Pero recordar experiencias vividas y compartidas con los demás, ¡eso se recuerda con mucha intensidad! Sugerencias de experiencias a regalar: • Comidas colectivas fuera de los entornos tradicionales o rutinarios. • Paseos colectivos. El regalo puede ser el pago del combustible o de los pasajes, o la comida principal, por ejemplo. • Pago de las entradas a algún espectáculo que se quiere presenciar. • Otras. También cabe la posibilidad de no regalar nada, concretamente nada! Pero sí regalar el compromiso de compartir más tiempo, de reír más veces juntos, de hablar, de intercambiar la vida.

El desastre vivido en los países centroamericanos, en este mes de octubre del 2011, sólo es una muestra del enorme desorden en la construcción de la vida humana en el planeta.
Pero los muertos,  los huérfanos, las casas destruidas, los cerros arrasando con todo, siempre se encuentran en donde viven los pobres, donde tratan de vivir los pobres.
Los damnificados siempre serán hombres, mujeres, niños, jóvenes, que pertenecen a los estratos pobres, donde la necesidad obliga a vivir en montañas, ante la indiferencia o pasividad de los gobiernos que no sólo no evitan eso, sino que no ofrecen otras opciones, o no se esfuerzan en encontrarles otros lugares para vivir.
Las casas son destruidas por los ríos que se salen de sus cauces, o por cerros que cansados por tanta lluvia, ceden y se desploman. Y así, año con año, invierno con invierno.
Pero, aunque empieza a ser notoria la corrupción, la negligencia o la falta de interés y profundo esfuerzo por parte de las estructuras políticas que deciden el destino del gasto público, que toman las decisiones para la previsión, la mitigación y la reconstrucción, también es notoria nuestra ignorancia, nuestro analfabetismo ecológico, porque lo que primero ocurre es la ¡culpabilización de la naturaleza!
¿Qué culpa tienen los ríos de que las lluvias caigan en niveles nunca antes ocurridos? ¿Qué culpa tienen los cerros de que la deforestación no les ofrezca firmeza y solidez? ¿Qué culpa tienen las nubes de que su ciclo hídrico esté descompuesto porque el ser humano, en todo sea en el planeta, ha abusado de la Madre Naturaleza?
Es imprescindible dejar lugar de culpar a la naturaleza de las tragedias, porque éstas se causan principalmente por la confluencia de factores humanos (aunque no neguemos que siempre ha habido hechos naturales que aniquilan con fuerza, incluso sin distinguir clases sociales o económicas).  La educación debe convertirse en una comprensión del mundo en que vivimos, y eso incluye una capacidad para entender la situación ecológica dominante, para descubrir cuáles son las luchas ciudadanas y políticas que permitan salvar al planeta. Y sobre todo, que la educación ecológica nos permita ir profundizando actitudes, comportamientos y sentimientos individuales, familiares y sociales de cuidado de los recursos, de amor y ternura por todo lo natural, de encuentro con nuestro hogar planetario.
La naturaleza es la madre, es el cobijo, es el alimento. No podemos seguir destruyéndola, atacándola, y después, cuando recibimos las consecuencias de nuestra propia violencia, terminemos culpándola de nuestros males y dolores.

Pido perdón por tomar este ciberespacio de expresión y aprendizaje, para compartir alguna reflexión personal, derivada de ser la semana en que cumplo años. Así que como persona y como educador comparto estas reflexiones:
1. Gracias a mi madre y mi padre pude ser parte de esta vida. Pero gracias a ellos, a mis hermanos y hermanas, tíos, tías, abuelas, compañeras, hijos e hija, a mi familia en general, pude ser parte ya no sólo de la biología, sino de la sociedad. Eso es mucho para agradecerlo.
2. Gracias a mis alumnos y alumnas, desde aquella escuelita comunitaria en la zona 7 de Guatemala, con el Grupo Juvenil Vicentino, mi querido Colegio Loyola (mi casa pedagógica), la Mirón Muñoz y el Colegio Belga (en ambos aprendí y gocé tanto ser educador), y en otros colegios hermanos y queridos para mí (principalmente Monte María y Santa Teresita). Y sobre todo, por ya casi 26 años de vivencia, mi gratitud para mis estudiantes de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos. A ello agrego mis colegas maestros, jóvenes educadores, hermanos indígenas, educadores populares, con quienes he compartido tantos esfuerzos. Todos y todas me han permitido el intento permanente, inconcluso, siempre inédito, de pretender ser un educador de la vida y para la transformación del mundo.
Así que agradecer a la gente que nos ha hecho vivir y aprender, es lo único realmente importante cuando una fecha personal se aproxima. Como humano, gracias por la vida. Como educador, gracias por lo vivido.

« Older entries